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Barrio 26 de la D Guayaquil 039En la costa ecuatoriana, se encuentra fácilmente la tribu singular de los perros. Todo pueblo costeño está lleno de perros callejeros. Caminan y socializan en jaurías.  Libremente, los perros callejeros se mezclan con los perros de casa. Pero hay diferencias.  Entre los callejeros, casi cada hembra o está preñada o ya tiene cachorros. Son listas para contribuir a la nueva generación de perros abandonados, cojos, tuertos, y malnutridos. Los ecuatorianos no practican la esterilización de mascotas; el mundo está mejor reglado por principios salvajes. Entonces, los perros tienen que luchar por si mismos. Generalmente, no molestan a la gente, pero entre si tienen peleas feroces y terribles y se lo puede ver los resultados en los días posteriores: orejas tiradas, llagas en la cara, ojos hinchados y medio cerrados.  En todo lugar, andan perros cojos, arrastrando sus patitas rotas y rengueando en tres patas.  Y siguen la formación de nuevos miembros de la tribu. Algún día, encontré una perra manchada blanca y negra con una pata posterior rota. Pero no lo importa al perro blanco y más grande, que intentaba molestarla y montarla varias veces durante el día entero. La hembra lo rehusó como pudo y se escondió bajo un carro, después bajo un bus.  El macho seguía acechando su oportunidad. Era una batalla de paciencia y aprovechamiento sin fin. El mundo de los perros callejeros es realmente vicioso y brutal. Aquí no hay ética ninguna, solo instinto, sobrevivencia y la eterna caza para sucios pedazos de comida aguardada.

También encontré otro mundo tribal en la forma de Matias y Dalya, artesanos en macramé. Matias es de la Argentina y Dalya de Polonia pero se conocieron en Bolivia.  Son dos de los mejores artesanos en macramé que se puede encontrar en la costa ecuatoriana. Saben hacer estrellas y espirales de macramé centrados en una piedra pulida de rico color. Hacen pulseras, anillos, brazaletes, y collares. Venden su producto desplegado en una tabla hecho de bambú mientras se sientan y tejen nuevas muestras de su artesanía. Su parche en la calle es uno de una larga columna de muestras artesanales.  Los artesanos—rodeados por los perros callejeros—forman otra tribu costeño. Esta tribu sí tiene ética. Esa gente es muy pacífica, muy calmada. Saben compartir con confianza y sin cobrar. Si son profesionales, son muy disciplinadas: no chupan, no toman drogas—durante el trabajo—y no roban. Y tienen buenos y ricos cuentos que contar.

Por la tarde, llegó un cura alto y blanco en ropa laica. De manera extraña, el cura estaba rodeado por mujeres y chicas. Muy hablador, paró en frente del despliegue de Dalya y Matias. Admiró varias piezas de collares y brazaletes. Les acosó con preguntas. Las mujeres  estudiaban la joyería atentamente. En este momento Mi Amor se dio de algo. El cura era un espía.  El cura regateó con Matias un rato y luego compró un collar por veinte-cinco dólares—uno de las piezas más caras que Dalya y Matias tenían. Y Mi Amor me susurró, “El cura es jefe de una escuela de artesanía y viaja con sus alumnas para estudiar técnicas y recoger muestras de nuevos diseños. “  Y tuvo razón.

Salí de la casa el 7 de octubre en modo observador. Mis últimas vacaciones no eran nada de vacaciones “normales.” En contraste, abrieron nuevas vistas en mi vida. En vez de pasar el tiempo en conocer lugares turísticos, acompañé a mi pareja en vender sandalias hechas en casa a lo largo de la costa ecuatoriana. Mi Amor hace sandalias de su propio diseño en casa y yo le ayudo. Los cortes son hechas de buenas materias, incluso algodón y cabuya. Produjimos las sandalias en el pequeñito depa de Mi Amor y las dotamos nombres: la California, la Miami, la Natural, las Marineros Blanco y Azul, la Sultana Dorada, la Princesa Plateada, etc. Nuestros días calurosos en Santo Domingo seguían el ritmo preliminar: medir, marcar, cortar, atar nudos, insertar, pegar con goma, pulir. Luego, con la bolsa llena de setenta pares de sandalias, como si fuera de un marinero listo para abordar el buque de largo viaje, tomamos el bus nochero hacia la costa.

La primera parada era Canoa, pueblo de ciento vientos. Cuando la discoteca no está lanzando su bulla ávida y haciendo que la tierra tiemble y las guaguas lloren, se puede oír la suave y calmante murmura del oleaje que se une con el ritmo sutil del corazón. Con un malecón, calles de arena, y una ancha playa, aquí la comercialización no ha alcanzado el nivel de locura irreversible.  Canoa falta un mercado y la iglesia está situada en una bonita loma, fuera del centro social. En su lugar, una caravana de camionetas cargadas con frutas, verduras, o pescado pasan en la calle mayor por la mañana. O algunas pequeñas tiendas del centro cumplen las necesidades: una carnicería, tiendas de prendas o viviendas, una ferretería. Nada más. Canoa, aunque conocido por los surfistas, sigue durmiendo en relativa calma, sin ser agobiado por fábricas de pesca o boutiques de alta moda.

Cuando vendíamos las sandalias allí, caminamos con dos bolsas llenas, mostrando muestras en las manos y llamando a la gente para ver si les interesaba nuestro producto. Los sábados y domingos, establecimos nuestro parche en el suelo como cualquier artesano—aunque no tenemos un lugar fijado—arreglamos nuestra oferta en una toalla anciana, y atendimos al público. Estudiamos los pies y las patas que nos pasaban—que zapato llevaba, cuál era el color y tamaño, de qué materia estaba hecha. Descubrimos los gustos de nuestros clientes y nos planificamos por la próxima ronda de producción.

Después de Canoa, viajamos en un salto de cuatro buses hasta que llegamos a Puerto López, un pueblo pescador conocido por su turismo que aprovecha la presencia estacional de las ballenas jorobadas, que pasan por la costa en este punto de tierra. Pero ya había terminado la temporada para ver ballenas y no nos encontramos mucha venta aquí salvo entre los pescadores mismos, que interesantemente les gustaban más que todo los modelos más de moda.   Recuperamos un rato en el “Regalo de Dios”, un hostal barato y placentero, y Mi Amor disfrutaba una fuerte dosis de tele, especialmente de películas mexicanas. El segundo día tomamos el bus para vender en otro territorio vecino de San Vicente y Bahía de Caraquez. San Vicente, aunque era el día de la feria, resultó un pueblo de nada más que vaqueros que no les interesó para nada nuestro producto. Tomamos el taxi acuático a Bahía para vender pero solo pudimos repartir un par—a un viejo que usaba su tenis de cuarenta años y de huecos como pantuflas, aplastando el talón con su pie ancho. ¡ Qué bueno que decidió finalmente comprar un nuevo par de zapatos !

Empacamos el día siguiente y viajamos a Montañita—o como lo dicen irónicamente  aquí, “Montaña”. En comparación con Canoa, Montañita es una gran fortaleza dedicada al arte de chupar y tomar. Aquí venden sandalias brasileñas, sandalias de cuero, sandalias de la más barata y peor calidad china—las Bora Bora. La bulla proviniendo del sector de barres comienza a las nueve de la noche y persiste hasta el amanecer.  Mi Amor buscó un hostal barato, lo que encontró―en el plena sector de la fragorosa actividad. Por las noches, el intento de dormir se volvió en una lucha hercúlea―o mejor decir una tormenta de Sísifo, porque no tuvimos mucho éxito.

Con la bolsa rellenada, durante los siguientes días peinamos el pueblo y recorrimos el sector playero de hostales segregados que sirven a los extranjeros. Vendimos algunos pocos pares. Pero viernes por la tarde, cuando pusimos el parche por donde pasaban los recién llegados del bus, arrastrando detrás de sí sus maletas, amigos, niños, y perros, vendimos muchas sandalias. Ubicamos el parche al lado de una banca proveída atentamente por el municipio pero fuera de la percha de los golondrinos, que festoneaban los alambres telefónicos arriba y dejaban que caer los restos de sus meriendas en los desafortunados.

Durante nuestra estancia corta, conocimos varias personas del pueblo, incluso un fotógrafo venezolano que iba vagabundeando por el mundo, trabajando en cualquier cosa en que podía, incluso como fotógrafo (e inmigrante ilegal) del diario, Village Voice. Admiré su capacidad para la sobrevivencia y su correspondiente desdén hacia la ley, pero me molestó también porque era siempre buscando una ventaja o una pista por su siguiente maniobra. Cuando nos topamos con él, estaba inquieta como una libélula cerniéndose sobre un estanque.

En Montaña, la misma tribu de perros llenaba las calles, corriendo solos o en bandas de canes hambrientos y afligidos. Otra vez buscaban cualquier basura que las calles les ofrecían.

Al fin de nuestra apertura de oportunidad, habíamos ganado más que $200 antes de los gastos. Regresamos a casa para fabricar más sandalias. La mente de Mi Amor ya estaba llena de nuevos diseños. ¡ Qué fantástico y rico que podemos compartir esta aventura juntos ¡